viernes, 7 de agosto de 2015

VI. LOS PEDIATRAS (octava parte)



La doctora María Yolanda Arellano se inició como pediatra y derivó a la psiquiatría infantil. Patricio Lira Calderón es hoy un destacado neonatólogo en Santiago. Sobre ellos hablaremos cuando tengamos mayor información.

            El doctor Ramiro González Vera llegó a Punta Arenas en 1975, proveniente del Hospital “Arriarán” de Santiago. Leamos su testimonio[1]:

            Tres recuerdos brotan de inmediato cuando pienso en mi llegada a Punta Arenas: la ciudad, su gente y la maestra.

Dr. Ramiro González Vera
            La ciudad que esperaba fría me resultó cálida con su nieve, su luminosidad, sus techos de colores, la vista del estrecho, el ulular del viento. Una ciudad particular distinta del resto de Chile, lejana y se sentía el aislamiento, el avión podía no llegar. Esto hacía que su gente fuese acogedora, amigable, preocupada de la salud y de lo que ocurría en el hospital, su único recurso. Por eso los asustaba que apareciera un temido virus que atacaba gravemente a quienes estuvieran hospitalizados, y que estaba llegando del Hospital Naval al Regional.

            La madres especiales, siempre preocupadas de que sus chiquitos no tenían “apetito de comer”, y más preocupadas aun si tenían “bronquios”, con un apego y fidelidad a su médico increíbles. Muchas veces escuché decir en la calle “mira a tu doctor hijito”, y mucha gente esperó por años que volviera el Dr. Abukalil. Llegué en 1975 proveniente del Hospital Arriarán, y fuimos cinco médicos para atender una población aprensiva y con un apetito voraz por la salud. El 76 y el 77 llegaron Loly Pavón e Ignacio Hernández, quienes fueron un gran aporte, trabajadores y responsables.

            Aun así trabajábamos mucho. Llegábamos al hospital con el cielo aun oscuro en los meses de invierno. Hacíamos medicina abnegada. Íbamos en la noche o los fines de semana a ver a los pacientes más graves[2]. Dábamos sangre para las exanguíneotransfusiones en los pacientes con coma hepático, siempre siguiendo el ejemplo y el estímulo de la maestra, la inolvidable Dra. Carmen Pino. Ella había diseñado un sistema de trabajo en el que a primera hora veíamos a nuestros pacientes de la sala y luego bajábamos al policlínico o íbamos a los policlínicos de la Población 18 de Septiembre o el de Miraflores. A mí me correspondió hacerme cargo de la pediatría en el recién inaugurado Policlínico Carlos Ibáñez.

            En los policlínicos veíamos diez pacientes por hora, y siempre había más de los que podíamos atender. La enfermera seleccionaba y nosotros nos enojábamos cuando creíamos que no se justificaba que un niño fuese pasado a médico. Aprendí que no había que discutir con la enfemera un día en que me pasaron un lactante, que en la carátula de su ficha decía “madre oligofrénica”. La señora me dijo que lo traía porque tenía “los suspiros largos”. Ya pensando en alegar con la enfermera le puse el fonendo y le escuché un tremendo soplo, ¡estaba en insuficiencia cardíaca!

            Carlos Ibáñez era el policlínico del sector más pobre de Punta Arenas: mucha neumonía, mucha pediculosis, sarna, niños con raquitismo y más de un tercio de los niños que atendíamos estaban desnutridos. De acuerdo a la clasificación de esa época, la mayoría era desnutridos grado dos. Fue providencial que el Club de Leones de la ciudad apadrinara un comedor, con lo cual logramos bajar la desnutrición a 10 %.

            Estábamos en eso cuando vi a una paciente con sarampión que había estado en Río Gallegos, y fue el caso índice de una epidemia en la que tuvimos más de mil casos. Del Ministerio fueron a explicarnos por qué se podía producir una epidemia en una población vacunada, y a felicitarnos por no haber tenido fallecidos. No nos dijeron que sólo estábamos usando la mitad de la dosis.

            También tuvimos brotes de meningitis. Tomábamos sulfa y nos sentíamos impotentes al no poder curarlos. No sabíamos que existía la secreción inapropiada de hormona antidiurética, ni de falla multisistémica ni de respiradores. Sólo teníamos las croupettes y las incubadoras. Subíamos la barra que limitaba el aporte de oxígeno cuando los recién nacidos seguían cianóticos, y nada más podíamos hacer.

            A pesar de tantas limitaciones siempre tratábamos de estar al día. Nuestra maestra y jefa, la Dra. Pino, nos leía el Year Book de pediatría y aprendíamos de enfermedades y tratamientos nuevos. Aunque siempre nos decía “primero no hacer daño”, lo que reflejaba su gran sabiduría.

            Esta preocupación por los niños graves que me fue inculcada, más una recomendación de Ignacio Hernández, me llevaron a postular en 1979 a un hospital casi desconocido, pero según la prensa de la época con una unidad de cuidado intensivo, el Hospital Exequiel González Cortés. Cuando llegué esta unidad no existía. El respirador usado para la maniobra propagandística estaba en un cajón en una sala cerrada. Pero a los dos años de haber llegado, con el Dr. Patricio Romero abrimos la unidad, hicimos funcionar los respiradores, y por diez años fui intensivista. También me formé como broncopulmonar, a lo que me dedico ahora. Esos inolvidables años en Punta Arenas me marcaron , y he dedicado mucho tiempo de mi vida a la docencia, la investigación y a los niños “con bronquios”.

            El doctor Ramiro González Vera ejerce en Santiago, y es en la actualidad un destacado especialista y profesor universitario en enfermedades broncopulmonares infantiles.

 



[1] Testimonio personal Dr. Ramiro González, 2015.
[2] En esa época no había pediatras de turno.

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